En el marco incomparable de la última cena, el evangelista san Juan introduce a modo de testamento un conjunto de gestos, afirmaciones y discursos del Maestro que revelan de modo definitivo quién es Él y cuál es su misión en este mundo, al tiempo que le revela a los discípulos su vocación y misión. En el cuarto evangelio, la última cena se prolonga la friolera de cinco capítulos. ¡Cinco capítulos, del 13 al 17)! Casi una cuarta parte del libro: ¡es una barbaridad! De este modo, quien fuera testigo presencial de ese momento íntimo y transcendental en la historia de la humanidad, nos está indicando lo mucho que sucedió entre esas cuatro paredes.
«Espíritu de la verdad». Este precioso título con que Jesús alude al Paráclito podemos unirlo a otra revelación del capítulo anterior (la leímos hace dos domingos) y que acontece también en el cenáculo: Jesús dice de sí mismo que es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Es decir, que Jesús afirma de sí mismo: «Yo soy la verdad».
Ahora, Jesús afirma que el Paráclito es también «Espíritu de la verdad». De este modo, se revela cómo el Hijo y el Espíritu Santo manifiestan al mundo la verdad, porque ellos lo son: Ellos son la verdad porque son Dios. No es poco lo que revela esta afirmación. En la cultura actual, el relativismo ha encerrado el concepto mismo de verdad en el ámbito de la más estricta subjetividad sentimental. Nada más dañino que cortar las alas al espíritu humano, que ha sido creado para contemplar la verdad y dejarse guiar por ella. Vivimos una época de oscurecimiento de la razón, que aleja al hombre de la verdad, y aboca su existencia a una falta de sentido trascendental.
Predicar la verdad del evangelio trae muchos dolores de cabeza. Ya se lo advierte Jesús hoy en la última cena a sus discípulos.
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